miércoles 12 de junio de 2019

La otra verdad sobre nuestras cumbres montañosas

Foto: Semana.com

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La vida humana emergió de nuestras lagunas, “BACHUE o furochogua”, quien retorno al agua porque los dioses de nuestros chibchas vivían en las tranquilas aguas de las lagunas andinas y montañosas.

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La vida humana emergió de nuestras lagunas, “BACHUE o furochogua”, quien retorno al agua porque los dioses de nuestros chibchas vivían en las tranquilas aguas de las lagunas andinas y montañosas. Lagunas, templos sagrados oratorios de chibchas y habitantes de cumbres que, según los estudiosos, llegaron a Colombia originarios de Asia y Oceanía hace más de 10 mil años.

En las lagunas de nuestras montañas están los dioses, convertidos en centinelas que cuidan nuestro preciado líquido.

Hoy con leyes contradictorias inconsultas con las comunidades de la montaña, el gobierno pretende cambiar nuestras raíces culturales y ancestrales, en las que los indígenas que habitaron las montañas colombianas tenían total respeto por los espacios sagrados y en dónde se desarrollan actividades de pastoreo trashumante, agricultura, y minería ancestral.

Con la excusa de practicar el arte y la belleza y con el apoyo de ambientalistas foráneos, hoy realizan ecoturismo irresponsable profanando nuestros templos azules (Lagunas). Han contaminado también el paisaje con basuras han llegado a nuestras montañas dejando a su paso desequilibrio ambiental, sin el más mínimo respeto por las comunidades y las especies.

Los que dicen ser ambientalistas, conocedores de fauna y flora quieren cambiar ahora la cultura y las actividades en nuestras montañas, imponiendo sobrenombres a nuestro territorio con palabras como “páramo” que es español y significa (llanura desértica o matorral de montaña), esto no concuerda con la historia nuestra, en la que se les llama “cumbres” sagradas y lo que los ambientalistas denominan frailejón, es para los indígenas desde antes de la independencia COISUA COI, o guardianes del sol en lenguaje muisca.

Con pretextos de conservación pretenden ahora trazar una línea llamada delimitación de páramo, que fractura en dos el aprovechamiento de nuestras montañas y los usos históricos que hemos hecho las comunidades de ese suelo, para decir; de acá para arriba es intocable. Se trata de un interés infundado por tendencias y modas que desconocen totalmente las costumbres y actividades que hemos desarrollado los habitantes de estas montañas, pero que si privilegia la explotación turística invasora y profanadora.

Para poderlo lograr quieren restringir el uso de nuestro suelo, desvalorizar nuestros predios y criminalizar a campesinos, empresas y comunidades ancestrales, pues una delimitación siempre llega de la mano con leyes que restringen toda actividad agropecuaria. Y de aquí para abajo existe el otro mundo, el habitantes consumistas y materialistas que ven nuestro territorio como un lugar de paseo, de disfrute y pecado. Un lugar que se puede mostrar, pero en el que según los “ambientalistas” no se puede vivir.

¿Por qué para mitigar el cambio climático y la falta de agua potable hay que erradicar actividades y pobladores de la alta montaña? ¿Acaso la respuesta no está en las sociedades consumistas? Que doble moral, mientras los ríos que salen de las ciudades completamente muertos y contaminados nadie los recupera, mientras toneladas de basura salen de poblaciones que nadie regula y a los grandes contaminantes nadie los sanciona.

Pareciera que es más digno vivir en las ciudades para contaminar en grande y con discursos politiqueros salvar nuestros males y espiar nuestra culpa.

Las comunidades de nuestras cumbres montañosas exigimos respeto por nuestro territorio y cultura, pero, ante todo, pedimos que en las decisiones sobre nuestras montañas tenga prevalencia la opinión de sus habitantes, campesinos, dueños y cuidadores de las cumbres, como el creador encomendó a los primeros pobladores y como Simón Bolívar lo ratificó en las escrituras ancestrales que aún tienen vigencia. Exigimos se adopten en Colombia nuestros derechos campesinos aprobados por la ONU.

Rosa Helena Rodríguez


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